Gisela I
Fué una especie de regalo de cumpleaños para un hombre, que a sus 82 años, sigue honrrando el recuerdo de su hija, a través de sus versos.
Cuando llegué por primera vez a Méjico, me encontré con un país distinto, unas costumbres variopintas y relativamente extrañas a las que había imaginado. Méjico Capital es un caos, un monstruo, un lugar asfixiante que te consumía, no podía respirar en ese ambiente tan colapsado, si bien es cierto que debía de cumplir con mis contratos laborales que me habían llevado hasta allá, los negocios como representante de mi empresa, las reuniones tediosas e infinitas que nunca acaban más allá de después de madrugada, las comidas de negocios impuestas, el nudo de la corbata aprisionando el cuello, las tensas negociaciones, el estrés innato dirigido a conseguir rentabilidades positivas. En fin.
Cansado de Méjico D.F., al menor respiro que tuve huí de la ciudad, busqué un hotel en el campo, en las afueras, donde podía respirar y olvidar el mundo empresarial por unas horas y unos días.
Y allí la conocí.
Era una de esas personas con las que contactas enseguida, con la que puedes hablar y contarle tus cuitas y desvaríos, que te sabe escuchar y te mira a los ojos y ves en ellos que siente tus palabras como suyas.
Se llamaba Gisela.
Nos conocimos en el parque en un día soleado de abril, le acompañaba un hombre elegante y aparentemente protector que la sujetaba por el brazo, mientras ella caminaba despacio, muy despacio.
Me crucé con ellos de frente, ella debía de tener unos veinticuatro años y una belleza y rasgos diferentes al resto de mejicanos, era pálida y esbelta, él tenía rasgos europeos y caminaba altivo conversando dicharacheramente con ella.
Al pasar junto a ellos, un cuadernillo se le calló de la mano a la mujer, presto me agaché a recogerlo para devolvérselo, era un libro de poemas caligrafiado a mano, curioso como gato, antes de devolverlo leí la primera hoja al vuelo, era un verso muy emotivo escrito con renglones torcidos, de letra grande y gótica, parecía letra de un niño ó de alguien que estuviese aprendiendo a escribir.
Me llegó al alma ese librito y estuve a punto de no devolverlo, de quedarme con él y disfrutar de su contenido en soledad, pero pudo más mi sentido de la honradez que la curiosidad de la lectura y les alcancé unos metros más allá.
Fue entonces cuando me percaté de que algo extraño sucedía, ella se movía de forma mecánica, cual un mecano de goma y se agarraba con fuerza al brazo del hombre, aquel hombre que supe que era su padre.
-Discúlpenme- les dije- se les ha caído este librito. Es suyo, ¿verdad?
-Si, muchísimas gracias, es usted muy amable .... -dejó en suspenso la frase, la pregunta-
-Miguel Angel -contesté a su pregunta no realizada- mi nombre es Miguel Angel.
-Yo soy Herbert y ella es mi hija, Gisela.
-Mucho gusto. Me van a perdonar que haya sido un poco indiscreto, pero al tomar el libro del suelo, quedó abierto por la primera página - mentí por educación y porque no me tacharan de indiscreto- y no he podido dejar de leer la primera hoja, es un verso muy bonito, es triste, pero me gustó esa sensación que deja en el aire. Seguramente el resto del libreto será igual.
Gisela se ruborizó ligeramente y bajó los ojos al suelo, me pareció que temblaba.
-Si nos perdona, vamos a tomar asiento en aquel banco, mi hija está ligeramente cansada.
Todavía con el libro en la mano, les acompañé hasta los asientos de madera, un par de metros más allá, en el borde del camino.
Observé como él la ayudaba a sentarse y sentí los ojos de ella clavados en mi, y note que se resistía a dejarse ayudar e intentaba por todos los medios no parecer una mujer desvalida ante mi presencia. Pensé que su orgullo la podía y se sentía avergonzada de tener que necesitar en aquellos momentos la ayuda de su padre para un acto tan simple como el sentarse.
Tenía unos rasgos físicos muy agradables, que podría tildar incluso de belleza, y unos ojos muy vivos. Sentí compasión. Sentí curiosidad. Sentí deseos de compartir un rato su vida y de hacerme íntimo amigo suyo.
Gisela alargó su brazo para pedir el libro, mi primera reacción fue dárselo, y cuando ambos lo sujetábamos por extremos distintos para el intercambio de mano, una idea afloró en mi mente y salió hecha palabras:
- Me permitiría usted leer sus versos Balbuceé-
- No creo que valgan mucho escuché por primera vez su voz, dulce y femenina- son probablemente muy infantiles y personales.
- No me importa Insistí- Me gustaría leerlos, prometo no decirle que no me gustan si ello ocurriese.
- Yo no sé - Y miró de soslayo a su padre-
Herbert sonrió y movió la cabeza en un gesto afirmativo. Me senté a su lado en el banco, y abrí el libreto de versos. El sol calentaba tibio. Algún que otro pájaro trinaba entre las copas de los árboles y me sentí contento allá sentando a su lado, leyendo sus sentimiento, porque eso era lo que hacía, leer un poco de su propia vida interior expresadas en palabras.
No recuerdo el tiempo que pasó hasta que oí decir a Herbert que debía comprar tabaco y me pedía que cuidara de su hija mientras regresaba. Le vi mirar a su hija con un gesto de complicidad. Nos dejaba solos. Pensé que yo le agradaba y le vi sonreír a su hija.
Más tarde, cuando hablamos, me confesó que había visto a su hija muy ilusionada al presentarme yo como interesado en sus poemas, y que por ello nos dejó solos premeditadamente.
Conversamos sobre sus versos.
Le gustaba hablar francamente, sin tapujos ni ambalajes, de esa manera que se le habla a un extraño con el que piensas que nunca volverás a ver y no tienes miedo de confesar tus miedos y tus ilusiones.
Hablamos de Méjico, de España, de su vida, de mi trabajo, de Herbert, de su madre, de su enfermedad, si, también hablamos de ello, de esa maldita maldición que le había tocado en la rifa de los perdedores. Esa enfermedad que no le dejaba vivir, y que a pesar de su fuerza la iba erosionando lentamente.
Creí reconocer en ella a un alma encerrada en el cuerpo de muy bella persona.
Nos despedimos. Quedamos en volver a vernos al día siguiente, en tomar un refresco en la terraza de un bar y regresarle su libro, pues ella confió en dejármelo y en que yo se lo devolvería.
Estuve leyéndolo hasta terminarlo en la noche y creí entender un poco más la vida de aquella mujer.
El día siguiente fue divertido y agradable, ella y yo mirábamos a Herbert y le veíamos sentirse como una especie de Celestina, como un acompañante que vela por el honor de una dama y hacíamos burlas entrañables sobre su situación entre los dos.
Un día para recordar, inolvidable.
Me había encariñado de aquella mujer, de aquella familia, pero debía regresar al día siguiente a Méjico D.F. y partir en tres días hacia España.
Prometí regresar.
Cuando llegué por primera vez a Méjico, me encontré con un país distinto, unas costumbres variopintas y relativamente extrañas a las que había imaginado. Méjico Capital es un caos, un monstruo, un lugar asfixiante que te consumía, no podía respirar en ese ambiente tan colapsado, si bien es cierto que debía de cumplir con mis contratos laborales que me habían llevado hasta allá, los negocios como representante de mi empresa, las reuniones tediosas e infinitas que nunca acaban más allá de después de madrugada, las comidas de negocios impuestas, el nudo de la corbata aprisionando el cuello, las tensas negociaciones, el estrés innato dirigido a conseguir rentabilidades positivas. En fin.
Cansado de Méjico D.F., al menor respiro que tuve huí de la ciudad, busqué un hotel en el campo, en las afueras, donde podía respirar y olvidar el mundo empresarial por unas horas y unos días.
Y allí la conocí.
Era una de esas personas con las que contactas enseguida, con la que puedes hablar y contarle tus cuitas y desvaríos, que te sabe escuchar y te mira a los ojos y ves en ellos que siente tus palabras como suyas.
Se llamaba Gisela.
Nos conocimos en el parque en un día soleado de abril, le acompañaba un hombre elegante y aparentemente protector que la sujetaba por el brazo, mientras ella caminaba despacio, muy despacio.
Me crucé con ellos de frente, ella debía de tener unos veinticuatro años y una belleza y rasgos diferentes al resto de mejicanos, era pálida y esbelta, él tenía rasgos europeos y caminaba altivo conversando dicharacheramente con ella.
Al pasar junto a ellos, un cuadernillo se le calló de la mano a la mujer, presto me agaché a recogerlo para devolvérselo, era un libro de poemas caligrafiado a mano, curioso como gato, antes de devolverlo leí la primera hoja al vuelo, era un verso muy emotivo escrito con renglones torcidos, de letra grande y gótica, parecía letra de un niño ó de alguien que estuviese aprendiendo a escribir.
Me llegó al alma ese librito y estuve a punto de no devolverlo, de quedarme con él y disfrutar de su contenido en soledad, pero pudo más mi sentido de la honradez que la curiosidad de la lectura y les alcancé unos metros más allá.
Fue entonces cuando me percaté de que algo extraño sucedía, ella se movía de forma mecánica, cual un mecano de goma y se agarraba con fuerza al brazo del hombre, aquel hombre que supe que era su padre.
-Discúlpenme- les dije- se les ha caído este librito. Es suyo, ¿verdad?
-Si, muchísimas gracias, es usted muy amable .... -dejó en suspenso la frase, la pregunta-
-Miguel Angel -contesté a su pregunta no realizada- mi nombre es Miguel Angel.
-Yo soy Herbert y ella es mi hija, Gisela.
-Mucho gusto. Me van a perdonar que haya sido un poco indiscreto, pero al tomar el libro del suelo, quedó abierto por la primera página - mentí por educación y porque no me tacharan de indiscreto- y no he podido dejar de leer la primera hoja, es un verso muy bonito, es triste, pero me gustó esa sensación que deja en el aire. Seguramente el resto del libreto será igual.
Gisela se ruborizó ligeramente y bajó los ojos al suelo, me pareció que temblaba.
-Si nos perdona, vamos a tomar asiento en aquel banco, mi hija está ligeramente cansada.
Todavía con el libro en la mano, les acompañé hasta los asientos de madera, un par de metros más allá, en el borde del camino.
Observé como él la ayudaba a sentarse y sentí los ojos de ella clavados en mi, y note que se resistía a dejarse ayudar e intentaba por todos los medios no parecer una mujer desvalida ante mi presencia. Pensé que su orgullo la podía y se sentía avergonzada de tener que necesitar en aquellos momentos la ayuda de su padre para un acto tan simple como el sentarse.
Tenía unos rasgos físicos muy agradables, que podría tildar incluso de belleza, y unos ojos muy vivos. Sentí compasión. Sentí curiosidad. Sentí deseos de compartir un rato su vida y de hacerme íntimo amigo suyo.
Gisela alargó su brazo para pedir el libro, mi primera reacción fue dárselo, y cuando ambos lo sujetábamos por extremos distintos para el intercambio de mano, una idea afloró en mi mente y salió hecha palabras:
- Me permitiría usted leer sus versos Balbuceé-
- No creo que valgan mucho escuché por primera vez su voz, dulce y femenina- son probablemente muy infantiles y personales.
- No me importa Insistí- Me gustaría leerlos, prometo no decirle que no me gustan si ello ocurriese.
- Yo no sé - Y miró de soslayo a su padre-
Herbert sonrió y movió la cabeza en un gesto afirmativo. Me senté a su lado en el banco, y abrí el libreto de versos. El sol calentaba tibio. Algún que otro pájaro trinaba entre las copas de los árboles y me sentí contento allá sentando a su lado, leyendo sus sentimiento, porque eso era lo que hacía, leer un poco de su propia vida interior expresadas en palabras.
No recuerdo el tiempo que pasó hasta que oí decir a Herbert que debía comprar tabaco y me pedía que cuidara de su hija mientras regresaba. Le vi mirar a su hija con un gesto de complicidad. Nos dejaba solos. Pensé que yo le agradaba y le vi sonreír a su hija.
Más tarde, cuando hablamos, me confesó que había visto a su hija muy ilusionada al presentarme yo como interesado en sus poemas, y que por ello nos dejó solos premeditadamente.
Conversamos sobre sus versos.
Le gustaba hablar francamente, sin tapujos ni ambalajes, de esa manera que se le habla a un extraño con el que piensas que nunca volverás a ver y no tienes miedo de confesar tus miedos y tus ilusiones.
Hablamos de Méjico, de España, de su vida, de mi trabajo, de Herbert, de su madre, de su enfermedad, si, también hablamos de ello, de esa maldita maldición que le había tocado en la rifa de los perdedores. Esa enfermedad que no le dejaba vivir, y que a pesar de su fuerza la iba erosionando lentamente.
Creí reconocer en ella a un alma encerrada en el cuerpo de muy bella persona.
Nos despedimos. Quedamos en volver a vernos al día siguiente, en tomar un refresco en la terraza de un bar y regresarle su libro, pues ella confió en dejármelo y en que yo se lo devolvería.
Estuve leyéndolo hasta terminarlo en la noche y creí entender un poco más la vida de aquella mujer.
El día siguiente fue divertido y agradable, ella y yo mirábamos a Herbert y le veíamos sentirse como una especie de Celestina, como un acompañante que vela por el honor de una dama y hacíamos burlas entrañables sobre su situación entre los dos.
Un día para recordar, inolvidable.
Me había encariñado de aquella mujer, de aquella familia, pero debía regresar al día siguiente a Méjico D.F. y partir en tres días hacia España.
Prometí regresar.
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perseida -